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sábado, 8 de septiembre de 2012

Adicta a las anécdotas: yo y el mundo

No sé cómo me quedé en el viaje, literalmente. Ahora que cuento el inicio de cómo fue que pasó, o mejor, de cómo fue que me pasó a mí, me encuentro confundida. Por cada respuesta que obtengo, aparecen mil preguntas más. La verdad es que no me di cuenta. De repente un día ya estaba sola, vacía.. eso sí, con cientos de historias que contar, ¿pero a quién? 

No dosificar es letal, pero yo no sabía que viajar podía ser veneno. Una fatídica enfermedad que termina con una continua adicción a ser “la que viene de fuera”. No me explico cómo pasó todo delante de mis ojos sin que lo supiera, sin que las demás personas se percataran, sin que nadie lo pudiera detener, ME pudiera detener. Incontables los lugares que visité, inconfesables los amores que dejé por ahí, insospechadas las experiencias que según yo me obsequiaba la vida, que según yo no buscaba, sólo me caían. 

Comencé aquí mi relato, en Berlín, porque ésta y París fueron las dos ciudades que vivieron mi proceso, lento, oculto, invisible para mí. Quién sabe porqué pero siempre regresé a la puerta de Brandenburgo, a Nuestra Señora de París, eran mi casa, mi techo. Otro motivo porque cuento desde aquí es porque este fue mi primer viaje de verdad, mi primer viaje sola, sin que nada ni nadie me presionara, me guiara, me contara. Yo y el mundo: un encuentro entrañable. Yo era una adolescente y nada me faltaba, sólo un pasatiempo tal vez. Lo que estoy por contar es un estilo de vida, mi propio y único estilo de vida, que a muchos se les hará bizarro, a otros hasta mentira, pero así fue... ¿o así es? ya ni sé. Las primeras historias parecerán ligeras o superficiales, y lo son, pero también se transformaron en tierra fértil en dónde sembrar mi adicción, que ahora reconozco y a la que reincido habitualmente. Así que aunque al principio conté con el dinero, el apoyo y la seguridad para hacer todo lo que me venía en gana, eso mismo terminó por retar mi instinto de supervivencia... pero me estoy adelantando, primero les termino de contar de Europa..



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sábado, 14 de julio de 2012

Capítulo Primero: Europa por las buenas

-Ya no me busques.

Así fue como finalicé la conversación. La cerré, borré todos sus mensajes, rompí todas sus fotos y lo bloqueé en redes sociales. Si lo iba a terminar, tenía que hacerlo bien, sin grietas, sin formas de atormentarnos o seguir sabiendo del otro, que para el caso, era lo mismo.


Me gustaba todo de él: su olor, sus besos, la forma en la que me hacía temblar cuando entraba por la puerta... Cuando me pedía perdón por algo, o quería hacerme sentir mejor, me sentaba en sus piernas y me abrazaba, acariciaba mi pelo y me hacía sentir protegida, querida, incluso admirada. Pero eso no duró mucho. Nunca voy a olvidar lo humillada que me hizo sentir.


Eso fue lo último que pensé antes de hacer maletas. Metí cuanto vi: cosas de baño, ropa primaveral, sandalias, ¡qué sé yo! Sólo quería llegar al aeropuerto... (después me arrepentí de haber empacado en un estado como ése: sí, era verano, y sí, pasaría unos días en Italia, pero, ¿quién lleva bermudas y bronceador a Noruega?)


No dormí: fue algo extraño entre no poder y no querer. Me urgía que amaneciera porque según yo, al partir, todo iba a cambiar e iba a olvidarlo todo, sí, cómo no. Mi mamá fue a dejarme al aeropuerto junto con mi hermano. Ellos son mis mejores amigos y los únicos que no me fallarían nunca. Todo muy normal, me despedí y me formé, pero la fila avanzó y se me hizo un nudo en la garganta, luego en el estómago y después no pude respirar. Los veía lejos y quería volver, quería quedarme y dejarme de pendejadas, pero no. Naturalmente, volví a sonreír como si estuviera sulibellada de largarme antes de entrar a la zona de pasajeros, pero al llegar a control, me solté a llorar.


Mi mamá me conoce mejor que nadie, por eso fue la primera en persuadirme de hacer este viaje. Ella sabe lo que es mejor para mí, así que confié en ella, en que esto era positivo. Me paseé por las salas de abordar con mi aspecto devastado por no dormir, no comer y no querer viajar. En el avión volví a llorar en cuanto me senté pero sólo un par de minutos. Y después pasó algo a lo que yo llamo God's Treat. Es cuando algo bueno me pasa justo después de que algo malo me pasa: el avión venía repleto y los únicos dos asientos vacíos eran el que estaba a mi derecha y el que estaba a mi izquierda, así que fui la única pasajera que voló 14 horas totalmente acostada. Me hice un colchonsito con las tres almohadas y las tres frazadas de los tres asientos correspondientes, me tomé un lexotan y abrí los ojos en Frankfurt. Aún dopada, recogí maletas y salí a respirar. Ya me esperaban ahí y rápidamente tomé un tren a Berlín. Berlín. Tan lindo como hostil . Aparentemente elegí una ciudad equivocada considerando el humor que me cargaba... Berlín. Fría y gris. Como yo.


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