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miércoles, 2 de enero de 2013


Los mails que me llegaban de mi mamá eran siempre los mismos, decían que me extrañaban todos en casa y que querían saber más de mis aventuras, pero yo insistía en contarles a mi regreso. Lo que me intrigaba era qué pensaba mi hermano mayor de este viaje, porque era el ser mas sobreprotector de la historia y mi mamá le había dicho que este viaje lo iba a hacer con amigos que yo conocía casi desde la infancia. De contarle que me vine sola y todo lo que me ha pasado, no me la acabo jamás.

Berlín con amigos no es lo mismo que Berlín sola, conocí la mitad pero me divertí el doble. La East Side Gallery fue de lo mas divertida, posando en cada sección del muro y tomándonos fotos súper padres, ir a la playita que tienen ahí y aventarnos a la alberca. Tomar Berliner (mi cerveza favorita) y conocer gente. Comer rico. Tomar mucho. Reírnos todo el tiempo. Y claro, apantallar a mis amigos con lo que sabía de mi última ida a Berlín hace unas semanas. Querían saberlo todo y todo me lo preguntaban, claro que yo no tenía todas las respuestas, pero fue muy divertido. 

Llegamos a un hotel bellísimo y que estaba cerca de todo, en una zona muy bonita que fácilmente podría ser el Polanco de Berlín. Lo máximo de Alemania es que puedes tomar en todas partes, cerveza pues. Y es padre porque se siente raro, no lo haces en muchos lugares. Todos toman en el metro, en la calle, en todos lados. Alemania es tan educada, tan formal, tan limpia, que me inspira a conservarla así. Nada de tirar basura fuera de su lugar, nada de hacer algo indebido como pasar por el metro sin pagar. (La cosa es que aquí en el metro no hay nada ni nadie que te revise que lo hayas pagado, hasta una vez que estas dentro, cuando salen inspectores vestidos de civiles a checar tu boleto. Es divertido ver a otros caer. La multa oscila entre los 50 y los 100 euros y de no tenerlos te llevan con las autoridades correspondientes y lo toman como crimen.) La verdad qué pena que como extranjero, como mexicano, vayas a hacer esa clase de cosas porque nos dejas mal a todos. El caso es que más de una persona me ha tomado por tonta por pagarlo pero cuando aparecen los inspectores me río un poco de ellos.

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-Nic, Nic, despierta.
-¿Qué pasa? ¿Por qué hacen tanto ruido?
-Ya nos vamos.
-Bueno, ahí me traen algo.
-No, o sea ya nos vamos de Praga.
-¡¿Qué?!
-Nos encontramos a Matuk en el mercado, él no nos vio pero no importa, igual nos vamos.
-No, pero ¿cómo? No quiero importunarlos, no tienen que hacer esto, además en todo caso me voy yo.
-No no, nos vamos todos, además llevamos aquí semanas, nos caería muy bien pasear.

Gus sonrió y me convenció enseguida, Rich ya me tenía la maleta hecha y Diego el desayuno hecho. No diario te consienten como aquí, pensé.

Abajo había un coche con chofer esperando en la puerta, subió nuestras maletas, me despedí de los vecinos, me despedí de Praga y nos fuimos a la central.

-¿A dónde quieres ir Nikkie?
-Mmm no sé, ¿a ustedes que se les antoja? Iré a donde quieran.
-Bueno pero propón algo. 
-Yo no propongo, a mí me pasa. Elijan algo ustedes, total ustedes son los que se están moviendo por mi culpa. - Y me fui a dar una vuelta por la central, para cuando regresé con ellos ya tenían los boletos en la mano, me iba subiendo al tren cuando se me ocurrió preguntar: ¿y... a donde vamos?
-A Berlín - me dijeron casi al unisono

¡¿Berlin?! Estaba a punto de quejarme de que justo de ahí venía, pero no, todo en esta vida pasa por algo, así que ni hablar, vamos todos a Berlín.

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Praga tiene un encanto natural muy especial, es por eso por lo que no la comparo con ninguna otra ciudad. Tiene historia, aventura y poesía, los tres ingredientes mágicos que pueden seducir a cualquiera, y más a alguien tan enamoradiza como yo. Y después de un largo día, de caminar y comer como loca a lado de Nacho y mis nuevos amigos, que por cierto, me cayeron increíble enseguida, nada como llegar a la casa (siempre le digo casa al lugar donde me quedo, y esto se le hacía de lo más gracioso a Nacho) y tumbarme en la cama, desde donde podía ver la ciudad. Había un restaurante a dos cuadras del depa, y cenábamos siempre ahí, rico pero había que llegar temprano porque el pato y el spaguetti se acababan rápido, pero bueno, aunque así fuera nos quedábamos siempre por las cantidades industriales de cerveza a las que mis amigos eran asiduos. Y así se me fueron los días; después llegaron más amigas de Nacho, unas mexicanas con las que estuvimos un par de días. Después llegó la prima de uno con su novio y los turisteamos un rato (y ese día fuimos a comer mussels ¡¡mmmm!!) pero luego..

-Nikkie!
-Mandee
-Está sonando tu celular

Subí corriendo las escaleras y alcancé a contestar

-¿Qué onda bonita?
-Hola Beto.
-¿Cómo estás primor?

Y yo no dejaba de decir para mis adentros: ¡no soy tu novia! ¡ya no soy tu novia!

-¿Bien y tú?

La platica superficial se extendió lo suficiente como para que yo le dijera “bueno y ¿qué necesitas o qué?”

-Perdón, no sabía que estabas ocupada.
-Un poco, pero no te preocupes, dime.
-Pues sólo quería saludarte y preguntarte ¿qué tal está el clima en Praga?

Me quedé helada, ¿cómo carajos sabía que yo estaba en Praga? No me digan que otra vez Alexandre estaba por ahí y me vio. Le colgué y no respiré por un minuto.

-¡Nikkie!
-Mandee
-Vamos a la tienda, quieres algo?
-No, pero voy con ustedes.

Dejé mi celular y salimos del edificio, fui la primera en salir, distraída como siempre y sin querer me estrellé contra una persona.

-Disculpe, no fue mi inten... Matuk?
-Nic, ¡qué sorpresa! - y sonrió nervioso.


Y de pronto todo tenia sentido...

-¿Quién te paga?
-¿Perdón?
-Que ¿quién te paga? ¿o será que te he encontrado tres veces en tres ciudades distintas de Europa, cerca de mí, en los días precisos?
-Perdón pero no se de que hablas Nic, mejor platicamos luego -y se fue casi corriendo.

Claramente, me puse a llorar. ¿Y qué más hacía? no sabia que estaba pasando ni por qué me pasaban estas cosas. ¿Quién hace eso? ¿Quién le paga a alguien su viaje a Europa, para seguir a una niña? ¡Qué maldito miedo!

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miércoles, 26 de diciembre de 2012


Grand Möet es un evento organizado por los chicos citadinos que hacían unas fiestas muy famosas en el pedregal, Ciudad de México. 

Todos hablaban del Grand, se hacía una vez al año, siempre en verano y siempre en un lugar distinto del globo, normalmente en las grandes urbes, este año tocaba París... igual que hace un año y hace tres... qué originales. Naturalmente es petit comité, así que me sabía de memoria quienes irían, quienes no y quienes fingirían que no pueden por algún motivo personal. Honestamente pensé en faltar, porque aunque sí iría a París en este viaje, necesitaba más de lugares nuevos como lo fue Estocolmo, como lo es Praga. Aunque todos los días pienso en la Ville-lumière, conscientemente insistía en postergarlo. París, París. Ahí fue la primera vez que me perdí en metro y terminé en las afueras de la ciudad en una colonia musulmana a las 9 de la noche, ahí mis amigos y yo fuimos perseguidos por dos negros armados una vez que nos sacaron del metro por la hora y no sabíamos donde habíamos bajado, ahí tomé absinth por primera vez hasta morir... pero también ahí fue mi primer beso, la primera vez que lloré por tener en frente la vista más hermosa del mundo, la primera vez que pude hacer lo que me diera la gana sin que mis papás estuvieran para darme permiso o no. La vez que corrí a un niño de mi fiesta de cumpleaños por tratar de besarme más de una vez, también ahí terminé en el hospital porque me sentí muy fregona al hacer el tour del Sena en la parte de afuera del barquito mientras llovía, y de ahí a la parte alta de la torre Eiffel el día que más viento hizo en el año. Recuerdo que me metí a bañar y aunque sólo había abierto la llave de agua fría, yo la sentía casi hirviendo. En fin, París es mi segunda casa, y aunque la quiero como tal, aún traigo el gusanito de no tener plan y de veremos qué pasa. Por lo tanto, seguiré disfrutando Praga... Praga linda que me recibió con los brazos abiertos, igual que Nacho, y los niños con los que venía: Rich, Diego y Gus, con los que rápidamente me acoplé, y con los que aprendí a vivir. Los pienso y los extraño, los extraño ahí. 


Se los seguiré diciendo: cuando tomas decisiones como yo lo hago, te llueven angelitos que te quieren y te protegen. El estudiante fue uno, pero el encargado del tren fue otro. Vio mi cara y seguramente vio a una niña pequeña y triste que no entendía el idioma ni el sistema de transporte de Budapest. Así que se me acercó y me llevó de la mano a enseñarme el tren: desde los baños hasta cómo se cerraban las puertas de las habitaciones. Yo pedí una con cama. Tenía unos cuantos días de no comer bien, de no ir a restaurantes, de no hacer nada de lo que hacía en México, así que me las gasté: no traía mucho dinero en efectivo pero aún así, pedí de cenar. El señor me explicó los precios y que también podía pedir de desayunar.

-Voy a querer un goulash y chocolate caliente, por favor.
-¿Algo más?
-No, gracias, estoy bien.
-Podría despertarla con el desayuno también.
-Perfecto entonces deseo el menú 4.
-¿Media hora antes de llegar a Praga estaría bien?
-Estaría muy bien.
-Mire, normalmente no hago esto, pero le voy a dar el número de la habitación en la que estaré toda la noche. Si se le ofrece algo, por favor búsqueme. -(¡¿Tan indefensa me veo?!)
-Muchas gracias, es usted muy amable.
-Y es un placer atender a gente tan educada, créame, no me la topo diario .

Sonreí, ¿a quién no le gustan los halagos?

-Y por favor permítame mostrarle cómo cerrar el cuarto. 

Me enseñó y se fue. Regresó con la cena, la cual estaba exquisita y no me quiso cobrar hasta el día siguiente, me deseó que descansara y se despidió (entonces no me veo indefensa, me veo jodida).
Me volví a tomar un lexotan y desperté en Praga con el desayuno en la cama y una sonrisa húngara a la vista. 
Tal vez no parezca una experiencia tan importante, pero en realidad era justo lo que necesitaba.. un servicio de lujo que me hiciera sentir que nunca pise un hostal de 8 literas a cuyos baños no pude entrar del asco (y les juro que pocas cosas me incomodan a tal grado). Cuando me hace falta un papá o una mamá siempre me topo con alguien que se acerca a mí y me dice lo suficiente como para seguir andando sola un rato más.
El señor me ayudó a bajar mis maletas y me regaló un mapa, su mapa. Me fui caminando, me tomó alrededor de una hora. Hubiera podido tomar un taxi fácilmente pero amanecía hermosamente en Praga y yo no tenia ninguna prisa. Belleza en cada rincón... además hicieron bien apodarle a este lugar la ciudad de las cien torres. Me sentí n las nubes de nuevo. Me recibieron las personas trabajadoras que ya andaban corriendo a esa hora a sus trabajos y un par de muchachos borrachos saliendo de fiestas. Sonreí sin parar. Otra vez tenia energías y fuerzas y gracias al señorsito del tren estaba olvidando todo lo que había pasado. ¿Cuál ex novio? ¿cuál hostal? pero me sentí aún mejor cuando vi la embajada mexicana. Estaba en casa. Había un teléfono de emergencia en la puerta y eso me hizo sentir segura de nuevo, lo apunté por si las dudas, también había una placa que decía: no se trabaja los días feriados y una hoja anexa que rezaba: ni los de México ni los de República Checa. Ni los domingos, los sábados sí pero sólo medio día y tampoco tales y tales. Me reí como una loca, definitivamente estaba en casa. Para mis sorpresa la embajada estaba en la misma manzana que el depa de mi amigo y un segundo antes de que tocara el timbre escuche: NIKKIE!! levanté la cara y ahí estaba mi amigo: podrido por haberse ido de fiesta y por el despertador que seguro había sonado hace ya un rato.

-Creí que llegarías a las 6, estaba preocupado.
-Llegué a las 6 
-Pero son 7:30 
-Ah, es que me vine caminando.
-¡¿Qué?! ¡¿Caminando?! ¡¿Estás loca?! ¡Pudiste tomar un taxi!
-No, pero quería caminar
-¿Y con maletas? ¿y cargándolas? ¡Pero pude haber ido por ti!
-Te lo juro que sólo quería caminar, despejarme un ratito.
-Ay pequeña N, no sabes lo bien que me caes.

A este niño lo conozco de fiestas, eventos y demás. Aunque no había tenido la oportunidad de conocerlo “en serio”, es decir, fuera de un antro, me generaba buena vibra, buena espina. Y después de este viaje, cada que pienso en él sonrío. No sólo porque me dio asilo cuando lo necesité, sino porque aquí fue donde empezó nuestra amistad real. Hoy por hoy me encanta encontrármelo y platicar con él.

El caso es que subimos en un elevador hasta su Penthouse, y por supuesto que todo estaba hecho basura: ropa y comida en todas partes, maletas abiertas, un niño en una cama, otro en un sillón y los demás en el piso de arriba.
Me di un baño en lo que despertaban y salí a la terraza a ver  la ridículamente bella vista que tenían. Otra vez fui la mas feliz, la más segura, la más divertida. Nacho me presentó a todos y salimos a dar vueltas, fuimos a tours, etc.  pero después de que le conté a Nacho todo lo que había pasado y lo mal que me sentía de a ratos, le dijo a los demás que los veíamos en la noche y convirtió ese día en uno de los mejores que puedo recordar: me llevó a conocer todos los museos judíos y sinagogas y demás (adoro la cultura judía), fuimos al cementerio, que es famosísimo y después a comer al mejor restaurante de la ciudad, bebimos vino, platicamos, nos reímos. Comimos toda clase de cosas y los meseros fueron de lo mas atentos. No me dejó pagar nada, igual que siempre, cosa que yo no buscaba, porque aunque suele hacerlo en México, aquí lo que yo quería agradecerle  su hospitalidad pagándole la comida, o un tour, o lo que fuera, pero no me lo permitió. 

De ahí, a pasear en bote. Fue lo máximo, hasta que nos dimos cuenta de que ya habíamos pasado el tercer puente del río y los botes sólo tienen permitido cruzar el primero, porque después, la corriente se vuelve mucho más pesada y no te deja salir. Pedaleamos todo lo que pudimos pero fue imposible voltear la lancha en el primer intento... Dos, tres, cuatro veces y nada, después de mucho lo logramos, pero nos asustamos de verdad. Es más, tengo por ahí un video, en el que yo estoy gritando: “vamos a moriiiir” repetidas veces. Se los voy a buscar y lo voy a subir. 

Después de nuestra aventura mortal, fuimos de shopping y me compré dos vestidos hermosos y que al regresar a México no me entraban ni en una pierna, y no exactamente porque hubiera engordado sino porque estaba raquítica en Praga y no me había dado cuenta. Tal vez por eso me consintió tanto mi amigo, por lo mal que me veía. Regresamos a su depa y platicamos horas de todo lo que queríamos hacer, o mejor dicho de lo que yo quería hacer así que organicé los días que siguieron. Me emocionaba estar en un lugar nuevo, con gente tan increíble, en un depa tan padre, con el clima perfecto y con tanto por hacer. Es un sentimiento que le deseo a todos. Una libertad espiritual que no puedo ni quiero explicar, porque quiero que todos la encuentren sin hacerse expectativas. Si están dejando la juventud atrás y no han pasado por esto, dejen lo que estén haciendo, dejen sus planes por un momento y búsquenlo, porque vale la pena.